El judío errante

Le métèque

“Avec ma gueule de métèque

de juif errant, de pâtre grec

et mes cheveux aux quatre vents.

Avec mes yeux tout délavés

Qui me donnent un air de rêver

Moi qui ne rêve plus souvent”

“Con mi cara de extranjero,

de judío errante, de pastor griego

y mis cabellos a los cuatro vientos.

Con mis ojos tan descoloridos

que me dan un aire soñador

a mí, que casi nunca sueño.”

No se entendería la canción francesa sin Charles Aznavour, sin Édith Piaf, sin Francis Cabrel, sin Patrick Bruel, sin Brassens, sin Yves Montand, sin Serge Gainsbourg. Pero tampoco se entendería sin, probablemente, el mejor letrista en francés que han conocido estas últimas cinco décadas. Claro, nacer en Alejandría y vivir en la Torre de Babel no es baladí. En Egipto, Alejandría, la ciudad con la biblioteca más grande del mundo y en casa, se hablan cinco idiomas. Por todo esto sería una necedad no considerar a Georges Moustaki como una de las figuras más importantes de la música francesa, denostado por unos, pero glorificado por otros muchos.

De familia griega pronto consiguió trasladarse a vivir a París, donde sobrevivió mediante todo tipo de trabajos, pero para suerte nuestra, también comenzó a escribir. Y empezó a cantar. Escribió canciones que, como la mayoría de los letristas, daba a otros para que las interpretaran. Así conoció a Édith Piah, a la que escribió Milord, y con la que vivió un idilio y vio despegar su carrera como músico, letrista y cantante. Escribió la conocidísima canción Le métequè a finales de los años sesenta y con ella alcanzó ese status soñado como compositor que mantendría hasta el final de su vida. Hombre de fuertes convicciones políticas acogió en Francia a algunos represaliados españoles, y en la resistencia conoció entre otros a Paco Ibáñez, con el que mantendría una amistad y confidencialidad inquebrantables.

Con una discografía más que extensa Moustaki llevó sus canciones a más de sesenta países, con giras eternas, pero mundiales. Supo escribir canciones en diez idiomas, por eso su estancia en la Torre de Babel de algo sirvió y conoció una popularidad como pocos, alcanzando a públicos como el japonés, el brasileño o el yiddish. Por eso es un referente musical y por causas que alguien debería investigar sus canciones, hoy, no son radiables.

¿Se habrá pasado de moda aun siendo un clásico? La respuesta se la tomaremos prestada al Califa rojo, cuando dice que “es un clásico pero no es un antiguo; lo clásico es la columna dórica y jónica, que nunca perderán virtualidad. Es un clásico, lo constante, lo permanente”. Por eso Moustaki es permanente, un estadio necesario e inevitable en la evolución de la canción. Y si algo realmente era Moustaki es un hombre consecuente, con su modo de vida y sus ideas. La antípoda del hipócrita.

Llevó a su barba y pelo cano a la Côte d’Azur,  que le sirvió de hogar. El bardo Moustaki siempre dijo que era un hombre mediterráneo y estableció en Niza su refugio. Se cumplen tres años de su ausencia y es saludable hacer el ejercicio de reivindicarle. A él y sus canciones.

 Juanma López

Le métèque – Georges Moustaki

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