Filosofía y poesía

Reflexión sobre “Filosofía y poesía”, de María Zambrano.

Antonio Machado

Desgarrada la nube; el arco iris

brillando ya en el cielo,

y en un fanal de lluvia

y sol el campo envuelto.

Desperté. ¿Quién enturbia

los mágicos cristales de mi sueño?

Mi corazón latía

atónito y disperso.

...¡El limonar florido,

el cipresal del huerto,

el prado verde, el sol, el agua, el iris!

¡el agua en tus cabellos!...

Y todo en la memoria se perdía

como una pompa de jabón al viento.

Dice el poeta sevillano que su “corazón latía atónito y disperso”, tras despertar de un sueño en el que un arco iris reinaba en lo alto del cielo. Entonces, se pone a recordar todos los elementos de ese paisaje onírico que han sido todo un viaje en su mente. Primero el “limonar”, luego “el cipresal del huerto” y más tarde el “prado verde, el sol, el agua, el iris!”; es ahí cuando recuerda los cabellos mojados de su compañía en el sueño. Sin embargo, poco a poco se empiezan a esfumar todos los detalles de su sueño como se esfuma “una pompa de jabón” al ser rozada por el “viento”.

María Zambrano utiliza este maravilloso poema de Antonio Machado para ejemplificar el funcionamiento del “corazón del poeta”, a quien cree absorto en las apariencias de su sueño, atrapando la heterogeneidad de su ensoñación en la estructura cerrada de un poema. Porque también hay una búsqueda de la unidad en la poesía que, en su afán por capturar la esencia de las apariencias de la realidad, se vale de la palabra para conseguir una unidad presente de lo cotidiano, de lo concreto que hay en la mente del poeta.

Tras la lectura del poema, el lector es cómplice del sueño del poeta que nos ha descrito la experiencia del sueño: el propio sueño, el despertar extasiado y la recapitulación de unos detalles que solo permanecen en la memoria durante unos minutos. ¿Nos está dando el poeta una síntesis total sobre la verdad que esconden los sueños? No es así, el poeta parte de su encuentro personal con esa experiencia onírica y valiéndose de la capacidad estética del lenguaje nos presenta, en forma de pincelada, alguna de las incógnitas de ese misterio que esconde la belleza de ese instante.

Machado se aleja de la realidad, reflexiona sobre su alucinación en estado de coma y al final se libera de ella expresándola en un poema. Es, por tanto una unidad incompleta, según María Zambrano, la que consigue el poeta al sugerir ese espacio abierto que hay en torno al sueño e inspira al lector a recorrer su sueño con él y a rememorar los suyos propios desde que tuvo conciencia. El poeta no habla de los sueños de todos porque si intentara tal quimera, no podría profundizar en el estado de esa nube que se desgarra en un cielo que nunca existió salvo en su imaginación.

El poeta saca de la nada a la nada misma y le da nombre y rostro.

María Zambrano

En contraposición al poeta, el filósofo busca la esencia misma del ser, es mucho más ambicioso. Tras una experiencia muy parecida a la del poeta en la que se aleja de la realidad para observarla y desgranarla todo lo que puede, se libera con un acto de violencia. Según Zambrano, la filosofía es un pensar puro que encierra en unidades absolutas esas experiencias que para el poeta son efímeras y únicas. Por tanto, filosóficamente hablando cabría preguntarse qué es el sueño en la mente de Machado y en la de todos los que como él sueñan.

Busca en las profundidades de la experiencia onírica un ser oculto que no vemos pero que creemos comprender mediante la lógica de la palabra. Su logos es inmóvil y persigue, desde el inicio, la búsqueda de comprensión en pos de la experiencia poética. El filósofo querría explicarnos todo lo relacionado con los sueños bajo una apariencia de verdad. Sus conclusiones no son inmediatas, sus certezas son eternas pues “lo quiere todo”.

El sueño es la liberación del espíritu de la presión de la naturaleza externa, un desprendimiento del alma de las cadenas de la materia.

Sigmund Freud

Desde los griegos, la filosofía se erigió como base de la búsqueda de conocimiento del mundo Occidental, a causa de esa necesidad que encontró Aristóteles en “todos los hombres”. Mientras el poeta nos describe “el limonar florido” que aparecía en su sueño, el filósofo intenta comprender por qué sueña. Ahí reside la diferencia básica que encuentra María Zambrano entre la poesía y el pensamiento, esas “dos mitades del hombre” que se debaten entre la búsqueda y el encuentro.

Cabría preguntarse ahora si habría que seguir manteniendo una preferencia sobre la filosofía como la búsqueda acertada que veía Platón en su propósito creador de unidades de verdad o si él mismo también se valió de la poesía para crear una metáfora en torno a su “mito de la caverna”.

La filosofía vive de la poesía para convertir sus reflexiones en unidades didácticas. El complejo juego lógico que desarrollan los filósofos sería solamente accesible a una élite preparada para el entendimiento de tan complejas fórmulas. Por otro lado, la poesía sería superficial si se quedara en la apariencia de las cosas. Gracias a la filosofía, el poeta se adentra en territorios oscuros que consigue comprender y hacer parte de su propia experiencia.

Por eso admiro la reflexión de María Zambrano que media en ese eterno enfrentamiento entre dos formas inmemoriales de encarar la realidad. Admirando la realidad el poeta termina comprendiéndola y desmenuzándola, el filósofo también encuentra la belleza del ser oculto en su propia experiencia. Prueba de éste acercamiento entre filosofía y poesía con el paso de los siglos son las obras modernas que tratan de encontrar en una misma mirada los dos puntos de vista. Borges no habría escrito Tlön, Uqbar, Orbis Tertius sin las teorías extraídas de El mundo como voluntad y representación desarrolladas por Arthur Schopenhauer. Si no fomentamos ese encuentro, el filósofo seguirá eternamente abstraído en su ser oculto y el poeta sumido en la superficie.

La arcaica oposición entre filosofía y literatura se trastoca cuando surge esa estética mejorada en el pensamiento filosófico que huye de elitismos para llegar a los lectores, ávidos por comprender unas fórmulas que no tienen por qué ser expresadas en estructuras ininteligibles; y cuando la propia literatura lleva a cabo la reflexión sobre la búsqueda de la literariedad. Creo que la verdad no se encuentra en ninguno de los dos extremos y no hay razón sin fábula, y sino que le pregunten a la religión católica cómo hizo uso de la mitología para evangelizar al mundo sobre la existencia de un Dios a través de unas Escrituras que lo hacían tangible.

Pablo Melgar Salas,

teórico en prácticas.

 

Texto de referencia: Filosofía y poesía – María Zambrano

 

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