Gustave Flaubert (II)

La educación sentimental

Un gran reloj de péndulo marcaba la una y veinte. De pronto resonaron las notas de la Marsellesa. Hussonet y Fréderic se asomaron a la rampa. Era el pueblo. Se precipitó por la escalera agitando en oleadas de vértigo cabezas descubiertas, cascos, gorros rojos, bayonetas y hombreras, con tal fuerza que la gente desaparecía en aquella masa hormigueante que seguía subiendo como un río contenido por una marea de equinoccio, con un mugido prolongado, bajo un impulso irresistible. En lo alto de la escalera se dispersó y el canto decayó.

Ya no se oían más que los pisoteos de todos los zapatos con el chapoteo de las voces, la muchedumbre inofensiva se contentaba con mirar. Pero, de vez en cuando, un codo demasiado apretado echaba abajo un cristal, o bien un jarrón, una estatuilla saltaban de una consola al suelo. El revestimiento de madera, prensado, reventaba. Todas las caras estaban rojas, chorreando de sudor; Hussonnet hizo esta observación:

-Los héroes no huelen bien!

-¡Ah¡, está usted provocador -replicó Fréderic.

Y empujados, a su pesar, entraron en una habitación con un dosel de terciopelo rojo que llegaba al techo. En el trono, por debajo, estaba sentado un proletario de barba negra, la camisa entreabierta, el aspecto risueño y estúpido como un monigote. Otros subían al estrado para sentarse en su sitio.

-¡Qué mito!- dijo Hussonnet-. Ahí tenemos al pueblo soberano.

 

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