La banda sonora de mi vida: Nebraska

Es una melodía que alberga historias. La conocí gracias a una de las que viven en ella, “Nebraska”, una película con tintes de cuento. Aquellos paisajes del corazón de Estados Unidos no serían apropiados para esta aventura sin las notas de Mark Orton. Pero hay más historias en los movimientos de estos dedos y en el sonido entrañable del arco rajando el violín que te sitúa como protagonista de un relato. Y precisamente eso es en lo que se ha convertido para mí, en mi propia banda sonora.

Paseo saltando baldosas pedregosas llenas de mierda de perro y me cruzo con infinitos ojos. Esta tarde, una tarde, la tarde en la que estás leyendo esto, una tarde cualquiera que se tornó en una tarde especial. Caminaba por una de las cuestas que desembocan en Ancha de Capuchinos, a orillas de Hospital Real, y reflexionaba acerca de la virtualidad de la vida moderna. Observaba esas caras que sentían cosas diferentes a las que están viviendo, pues en realidad caminaban por inercia en una de las ciudades más bonitas del mundo. No lo digo yo, aquel pueblo árabe tendría sus razones para elegir Granada para construir la Alhambra.

Y todo este pensamiento comenzó cuando doblé la esquina de mi calle y me adentré en la jungla del peatón. De repente, una mujer joven, de mi edad, de corta estatura y ojos muy grandes sintió cómo se le encendía una sonrisa en la cara. Yo, observador, deduje por la dirección de su mirada que se alegraba de verme. Sonreí extrañado e ilusionado, mientras me acercaba cada vez más a ella y cuando me disponía a abrir la boca para saludar, sentí que su mirada estaba en otra parte a través de sus cascos. Quizás al otro lado del mundo, en Nueva Zelanda, en Argentina o simplemente a dos calles de distancia; pero lo que estaba claro es que no me miraba a mí y me sentí conectado a un Facebook viviente.

Aunque la chica no fuera muy guapa y seguramente no tuviera mucho que contar, no hay mejor sensación que la de que se alegren de verte y cuando sus ojos virtuales obviaron mi presencia, el cielo se tiñó de blanco y negro como en “Nebraska”. Y allí me encontraba yo, con la misma mirada perdida de aquel anciano demente en un paisaje impersonal, despoblado de gente.

Pablo Melgar

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