Me mata si me necesitas

Con el paso de los meses, el tiempo me vela el carrete de postales. ¿Es éste un álbum de ficción o mi anecdotario? Quién sabe.  Van y vienen los recuerdos. Aparecen azarosos en mi horizonte y me devuelven de una a París, donde me despierto en un crujir de suelo de madera. Los ventanales largos hasta el techo me saludan y las luces del patio interior me seducen con fuerza. Las abro realmente, conozco la fuerza con la que tengo que atraer sus cristales hacia mí. Y me asomo, apoyado en la pared y con medio culo en la barandilla.

La pareja que vive justamente en frente de nuestra ventana es misteriosa. A veces les veo vestirse, lo hacen lentamente y nunca desnudos. Prácticamente no se mueven y, cuando se sienten observados, me miran sincronizados y me cortan la curiosidad de un tirón de cortina. No hay pudor en sus rostros, sino la mirada de quien esconde algo tras su dosel al mundo. Cuando esto ocurre, yo hago como que fumo un cigarrillo imaginario, con una victoria estrecha y vacía entre mis dedos.

A la derecha, veo una escalera sinuosa y gente ascendiendo en un delirio hacia las entrañas de la ciudad. Siento crujir sus pasos desde aquí. Pero el sonido de una radio me distrae de mis suposiciones y saco medio cuerpo al aire para echar una ojeada. En esa ventana, una de las colindantes con el vértice izquierdo del patio, vive una negra que me encanta cómo habla. Si entendiera algo de lo que dice estaría al tanto de quién es fuera de este edificio, porque habla a voz en grito. Le gusta conversar en una mesa con el marco de la ventana en la oreja. En la otra silla se sienta la multitud y nunca se ruboriza con el cruce de miradas. La negra me saluda con una sonrisa y sigue su conversación con el mundo.

Davide dice que alguien planta basilisco encima de mi ventana. Supongo que se referirá a albahaca pero siempre me imagino una hierba enorme y verde gritándome en la cara. No entiendo mucho de plantas, yo siempre pensé que mi vida entera olía así.

“Pero tú lo tienes súperclaro y dices todo lo que piensas…”

 Want to smoke, Pablo?

No es mi conciencia, es Freddie que me llama desde la ventana de la derecha con un cigarrillo en la oreja. Me hace unas señas que me amenazan de una intrusión inminente en mi cuarto. Me río.

– Sexy motherfucker, come here!

 La oficinista de la ventana que está en la ventana de abajo se sorprende y su gestión se paraliza por unos segundos. Ambos me miran, vendedora y cliente, como en un mannequin challenge de esos de mierda. Sin embargo, siguen a lo suyo tras el instante de petrificación. El dinero no descansa.

Freddie toca a la puerta y entra. Pero una mujer me grita desde abajo, alzando los brazos en un idioma que no entiendo. NO ENTIENDO EL FRANCÉS, pues mucho menos el francés gritado.

– Freddie, dile algo tú.

 Creo que es la concierge y estoy casi seguro de que no le gusta mucho Quique González, quizás debería poner a los Doors. Ni sé lo que dice ni me importa. Cierro la ventana.

– We could buy a 5 euros pizza, downthere in la rue de Rochechuart- dice con un pequeño altavoz en la mano. Se dispone a cambiar la música, quiere algo más guarro. Quiere salir de fiesta esta noche, lo siento en su mirada. Como buen inglés, de un momento  otro se sacará una botella de ginebra Gibson, de 9 euros del Carrefour, del bolsillo. Freddie es el típico compañero de piso de las series de televisión que le da vidilla a tu existencia. Coge mi Spotify y…

Yo la conocí en un taxi, en camino al club

Yo la conocí en un taxi, en camino al club

Me lo paró

El taxi

Me lo paró

El taxi

Me lo paró

El taxi

Me lo paró

 No sé si es por el delirio poético de mi generación pero, al cambiar la canción, las paredes se hunden en el tiempo. Hace frío. Las ventanas ya no son tan alargadas, los cristales no tienen gotitas de lluvia sino de relente de hielo. Unos barrotes nacen entre mis dedos y un ejército de autobuses pasan por delante de mí, peinándome el flequillo con su humo negro.

¿Dónde está París? ¿Dónde está mi amigo? ¿Dónde están las luces del patio interior de mi casa en una tarde cualquiera de domingo? ¿Es éste un texto de ficción o escribo como lucha contra el olvido? Quién sabe. Turgot, 3 vive conmigo, incluso en otras casas. Me acompaña, me cobija, me da hogar a deshoras cada domingo que pierdo la noción de mí y de mis cuentos. Se me aparece, en cualquier momento, como un puñetazo del aire. Y en sueños le hablo en todos los idiomas, para responderle:

 

Te echo tanto de menos

que, en mis recuerdos,

tu lluvia no sabe a mojado,

tus cuestas no son sino un ascenso etéreo

 

y las vistas desde tu portal

fueron, desde el primer día,

las de un sueño

al que jamás podría acostumbrarme del todo.

 

Aunque nunca me dejases fumar dentro de la habitación.

 

“Me mata si me necesitas” acaba. Tengo hambre, me haría unos espagueti al olio pero ahora pegan más unas tapas, hace sol en Granada.

 

Pablo Melgar Salas

 

Orquídeas – Quique González

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