Nos llaman vividores

Nos llaman vividores. Algunos dicen que es porque tomamos el café todos los días a la misma hora. ¡Que nos pasan lista, vaya! Puede que tengan razón, pero no, no es por eso. Otros dicen que es porque no nos perdemos ninguna fiesta. ¡Que no hay domingo sin que salgan a la luz pruebas de la noche anterior! No les falta razón, pero tampoco es por eso. Incluso hay quien dice que, sobre todo, es porque no damos un palo al agua. ¡Que se nos ve siempre de cachondeo! Y no seré yo quien niegue las evidencias pero se equivocan en sus juicios. Vivimos tan bien porque disfrutamos juntos.

Hago repaso del verano, esta pequeña vida de tan solo un par de meses, de rutinas tan diferentes a las invernales y me entra la nostalgia como cada ultima semana de agosto desde que tengo uso de razón en esta playa. Uno trata al verano como a un amor que piensas eterno y que disfrutas con la certeza de poder posponer cualquier sueño hacia tu irreal infinito. Pero siempre se acaba y dejas tantas cosas por hacer que si las pensases todas, uno no podría soportar tal desaliento. Es mejor no pensarlas o tratar el tema como una realidad inevitable. Y el verano también se acaba siempre y con él todos los viejos propósitos del mes de junio que nunca se hicieron realidad.

En ese limbo imaginario se encuentran los enormes ojos de aquella chica que me miraban siempre queriéndome decir algo y dejándome sin saber qué decir. Allí permanecerán eternamente los paseos al alba que algún día planeé para disfrutar de la orilla de mi niñez y de esa luz de natillas con canela que fabrica con cada bostezo el horizonte de la Ribera. También los libros olvidados en mi estantería que perdieron la esperanza de ser rescatados, como niños huérfanos de ojos tristes. ¡Quedaron tantas cosas por hacer que me faltarían días, meses y veranos para hacerlas realidad! Mucha gente esperó mi llamada en vano y otra mucha se olvidó de llamarme a mi. Pero no nos lamentemos por lo inevitable, saboreemos lo imposible.

La única certeza de mis propósitos de junio era la tranquilidad de una mesa llena de amigos. Una mesa en la que uno es uno mismo sin fingir. Una mesa que existe desde que tienes uso de razón y en la que creciste. Esa mesa que siempre está y que no sufre el paso del tiempo. A día de hoy se que siempre estará allí para mí, y eso que las certezas en esta vida son imposibles. Así que saboreo lo imposible de la amistad.

Las largas tardes del solo con hielo aguado por las risas y el reloj avivado por las olas del mar. Todas y cada una de las anécdotas de nuestras tardes de café rondaron la imbecilidad y lo genuino, la mayoría de ellas robadas, repetidas y a la vez tan frescas como el pescado de la lonja de en frente que nos sopla el olor a sal quemada de sus platos recién hechos. No recuerdo ni una sola tarde, una noche o una madrugada de silencios incómodos, de conversaciones circunstanciales o de temas forzosos. Le dimos vueltas millones de veces a nuestra falta de habilidad con las mujeres, a las frases atragantadas por el alcohol que se convirtieron para siempre en citas célebres de nuestro libro de recuerdos y a tantas historias que no nos cansamos de contar jamás. Nos recordamos cada día nuestros fracasos convirtiéndolos en chistes y nuestras fechorías en confidencias inconfesables con el secreto de confesión menos juicioso de cuantos se conocen.

Sí, los camareros saben lo que bebemos y nos llaman vividores porque tomamos el café todos los días a la misma hora, porque no nos perdemos ni una fiesta y porque no damos ni un palo al agua. Saben que no es por eso. Vivimos bien porque se nos ve disfrutar simplemente con un simple corro de “conos” y unas cuantas anécdotas imbéciles e ingeniosas que contar. Con una mesa y un grupo de amigos de los de verdad, no nos hace falta nada más. Lo de los cubalibres lo discutiremos en otro momento…

Solo quiero deciros antes de echarme a la carretera que os echaré de menos, tanto como os eché en falta cada mañana del verano esperando al café o cada tarde esperando a la copa o cada noche esperando a un nuevo día que nunca decepciona. Lo imposible ya lo tenemos, ahora solo nos faltan pequeños detalles sin importancia: como los 74 millones de euros de la primitiva o unas cuantas frases ingeniosas que nos hagan, por fin, ser los más seductores de la costa. Lo imposible ya lo tenemos: la verdadera amistad. Nos vemos en el próximo café.

Pablo Melgar

 

All Summer Long – Kid Rock

More from Pablo Melgar Salas

Ella. Capítulo III

Los días continuaron su curso, implacables y sin ningún tipo de consideración....
Leer más

Deja un comentario