Primera memoria

“Las piquetas de los gallos

cavan buscando la aurora,

cuando por el monte oscuro

baja Soledad Montoya.”

Federico García Lorca

 

La lectura me sumerge en la memoria y Ana María Matute me lleva como Virgilio, por el infierno de la mía primera. Al igual que Matia me acuerdo de esa horrible sensación que uno experimenta cuando “deja de ser ignorante”, por primera vez. Cuando uno no comprende cómo funciona el mundo y el paso de los días es tan familiar como lo es el corral para el gallo, única realidad conocida hasta entonces. Pero luego uno ve cosas, aprende a intuir, y todo se vuelve vacío y absurdo.

 

“A veces me despertaba de noche, y me sentaba bruscamente en la cama. Experimentaba entonces una sensación olvidada de cuando era muy pequeña y me angustiaba el atardecer, y pensaba: «El día y la noche, el día y la noche siempre. ¿No habrá nunca nada más?». Acaso me volvía el mismo confuso deseo de que alguna vez, al despertarme, no hallara solamente el día y la noche, sino algo nuevo, deslumbrante y doloroso. Algo como un agujero por donde escapar de la vida.”

 

Matia es una niña que le tocó la guerra. “¿Qué guerra?”, se pregunta, pues un niño ni puede ni debe ser capaz de entender qué significaba de verdad el estallido de una Guerra Civil. Para ella, solamente significa un “silencio podrido”, un “horrible silencio de muertos” que se llevó a su padre al frente y lo enfrentó con el resto de su familia. ¿Por qué todos odiaban a su padre por ser republicano? ¿Qué significaba eso, en realidad? Para ella la guerra era la eterna espera de su abuela frente a la radio y el periódico. Las batallas ganadas, ¿por quién? Las ciudades conquistadas, ¿a quién?

“-Odio la guerra –continuó la abuela-.

Debemos vivir, en lo posible, ignorándola.”

 

Y como no son temas de niños, Matia prefiere pensar en la orilla del mar meciendo a la Leontina, una barca llena de óxido donde se tumbaba al Sol con su primo Borja y donde ambos escondían sus tesoros más preciados. Matia prefiere pensar en su vecino Manuel cuando le coge la mano, como guardándole un secreto. Y prefiere pensar en jugar y en escaparse de sus clases para explorar la isla en la que está encerrada. Ella quiere buscar su alegría y su persona, como Soledad Montoya. Pero le negaron la infancia más de tres veces, antes de que cantase el gallo.

 

“Era un viril y valiente gallo blanco, de ojos coléricos, que resplandecían al sol. Se escapaba “de Son Major para ir a subirse a la higuera de nuestro jardín”.

 

Al principio de la novela, Matia observa al indómito gallo blanco que huye de su dueño para ocupar su jardín, desde la más pura inocencia. Piensa en él como un animal sagrado que traía el sol en sus pupilas de dinosaurio. No comprende por qué siempre aparecía allí, tras la higuera, como para avisarle de algo que no entiende. Y ella se aferra a su niñez y a los pocos recovecos de amor que le permite su infancia mutilada. A los recuerdos de su padre desaparecido, a los juguetes que dejó atrás para venir con su abuela, al amor que no encuentra por mucho que busque en su primo Borja, que es como un hermano para ella.

 

Le negaron la amistad a Matia. “Primera memoria” es una novela de iniciación que habla sobre la pérdida de la inocencia, donde los juegos de niños no son sino una recreación a pequeña escala de lo que estaba sucediendo en el campo de batalla. Al principio no entiende las rivalidades entre las pandillas de niños que enfrentaban ganchos con carabinas. Ni tampoco entiende por qué el padre de Manuel, el vecino al que cree querer, murió delante de ella junto a su Leontina. Pero los hechos transcurren y su primo Borja, que es como su hermano, se revela como un niño sin inocencia. Miente y manipula a su antojo para sobrevivir en esa jungla que le tocó vivir. Y será el encargado de enseñar a Matia la crudeza de la realidad histórica. La lucha de poder, los intereses creados y perdidos de cada familia, según su poder económico y su posición ideológica. Pero, sobre todo, le instruye en el arte de la supervivencia del más fuerte, en el que Borja se manejaba mejor que nadie.

“Y los mismos Niños Perdidos, todos demasiado crecidos, de pronto, para jugar; demasiado niños, de pronto, para entrar en la vida, en el mundo que no queríamos -¿no queríamos?- conocer.”

 

Le negaron la niñez a Matia, porque tuvo que crecer muy rápido. En la novela no solo conocemos el ambiente entre los niños, que es la perspectiva desde la que se narra. También vemos cómo actúan los adultos. La abuela autoritaria que es la matriarca de una familia con los hombres en el frente. Seria como una ama de llaves de película, vigila todo lo que hacen y decide sobre ellos como su indiscutible dueña. Al ser una persona influyente en el pueblo y muy conectada con las esferas de poder político y eclesiástico, la abuela es la imagen de la represión. Y los primos desarrollan técnicas para bordear el yugo que los somete, para encontrar algo de diversión en un mundo gris. Matia seguirá a Borja en todo lo que él haga, aunque dude de su amor por él.

 

“Dos de las veces que fueron al Naranjal les acompañé hasta el Port, a despedirles, sin que la abuela lo supiese. Luego volví a casa, en la Leontina, odiando ser mujer. La abuela no se enteró nunca.”

 

Le negaron a Matia su condición de mujer, porque la anularon desde que nació. Cayendo de unas manos a otras, abandonada por su padre y recogida como un vulnerable cachorro por su abuela, jamás tiene palabra para nada. Todas dicen que es una niña especial pero la someten a lo que se esperaba de una mujer en aquella época, vivir para encontrar marido y nada más; como su tía Emilia. Por eso pone hincapié en que aprenda unas maneras irreprochables y que potencie toda su belleza. Siempre le hará alusiones al aspecto de su pelo y le reprochará que no ponga atención en los asuntos de una señorita de su condición.

“Una de las cosas más humillantes de aquel tiempo, recuerdo, era la preocupación constante de mi abuela por mi posible futura belleza. Por una supuesta belleza que debía adquirir, fuese como fuese.

—Es lo único que sirve a una mujer, si no tiene dinero.”

 

Le negaron a Matia su posición en el mundo, pues tuvo que vivir su infancia encerrada en una jaula de mar y siendo mujer. En su soledad siente admiración por aquellos que han salido de la isla y sueña con ver ese mundo de ahí fuera que se le tiene escondido como un peligro. O simplemente algo más que saliera al otro lado del espejo y la sacara de allí, como le pasó a Alicia. Más aún, en la propia isla no puede andar entre niños en la calle, porque se podría correr el rumor en el vecindario. Borja es su respiro y con él escapa del mundo de los adultos para fumar cigarrillos en un terrado e ir a la orilla del mar que es un respiro. Además, la abuela tiene los planes muy claros con ella y la destina a desembocar como un río muerto en un reformatorio para mujeres. Para que siguiera aislada de lo que pasaba en la guerra y siguiera su camino de animal amaestrado.

 

“Viví, pues, rodeada de montañas y bosques salvajes, de gentes ignorantes y sombrías, lejos de todo amor y protección. (Al llegar aquí, mi abuela, me acariciaba).

—Te domaremos —me dijo, apenas llegué a la isla.”

 

Y le negaron el amor a Matia. En primer lugar, el de sus padres desaparecidos, una muerta y otro batallando. Después, el de su abuela, de la que nunca esperó nada más que indiferentes castigos. Y, por último, al pobre Manuel, al que acabó negando como Pedro a Jesús. Al pobre Manuel que solo quería trabajar y ayudar a su familia. Todo el pueblo lo repudiaba por ser quien era y no le daban trabajo. Incluso mataron a su padre impunemente, a causa de su ideología. Y Matia, una niña de bien que solo quería quererle, acabó por arruinarle del todo. Prendió la mecha que hacía falta para que su vida en el pueblo acabase.  Todo el pueblo le avisaba de que se fuera al seminario, pero no lo aceptó y salía a pasear con Matia en los únicos momentos de felicidad encontrada en el monólogo interior de “Primera memoria”. Sin embargo, al enfrentarle a su primo, Borja ganó y ella perdió. Ella perdió, “estúpida fanfarrona, ignorante criatura”. Y a Manuel le cargaron el muerto.

“Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.”

Mateo 26:34-35, 74-75

 

Y aparece el gallo blanco al final, tras la negación. Cuando Matia abraza a su primo Borja, que es para ella un hermano, y lloran juntos de impotencia. El uno por cumplir su deber de animal dominante, culpando y pisoteando a quien haga falta para sobrevivir, pues así le educaron. Por ello le echa la culpa de los robos, que él mismo había cometido contra su abuela, al pobre Manuel, y con ello se libra de las consecuencias. Y ella, animal ignorante que no conoce las verdaderas leyes del mundo de la Guerra Civil, en el que todos tenían el destino escrito en la frente. Coloca a Manuel en el punto de mira y no es capaz de ayudarle, por no acabar arrastrada también. Al final el gallo blanco canta, de nuevo, “por alguna misteriosa causa perdida”. Después de la absurda traición de una época pasada.

“Y se me hace carne el espíritu de humo

porque me negaron tres veces,

antes de que cantase el gallo.”

Irene Viedma Requena

 

Pablo Melgar Salas

Romance de la pena negra – Manuel y Alba Molina

Título original: Primera memoria

Páginas: 234

Año: 1959

Autora: Ana María Matute

Editorial: Austral

Precio 6,95 €

Nota: 8 Notable lectura

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