Australia

Para Beatriz, mi Sol de ojos azules

Querida amiga,

cuando me enfrente al punto y final,

estas palabras percutirán en la tierra,

bucearán en el magma originario

y le harán una tubería al mundo

que será, seguramente,

la única que le falte.

 

Y es que llevo un año durmiendo boca abajo

porque así apunto mis sueños

hacia una dirección concreta,

la de los australianos.

 

Pues es la única manera

de que compartamos algo

con nuestros sentidos,

más allá de lo que recordamos.

 

Así que miro hacia abajo,

con los ojos cerrados,

y pienso que tus doradas manos

de sangre cordobesa,

esas que, por estas fechas,

seguro que ya guardan un caluroso verano

bajo sus suaves dedos alargados;

estarán en la dirección de mis pestañas.

 

Conozco sus caricias y arañazos

como si tuviera un mapa,

así que las imagino acariciando,

desde un enorme acantilado,

el fino horizonte celeste y moteado

por pequeños y transparentes granos

de tiempo que se escurren siseando

por la orografía de tus palmas,

creando surcos y nuevos caminos

que ni la gravedad ni el tiempo

podrán jamás borrarlos.

 

Espero que cuando lleguen estas palabras,

te abracen como si fueran yo mismo

y lean esas pupilas azules

a las que soy adicto.

Al final, me vine a París a la caza de mis sueños. Primero busqué a Ernest Hemingway por el Café de Flore y tuve que pagar 7,80€ por un minúsculo brioche y un expreso para poder observarle desde mi mesa cómo se hinchaba a vino y ostras, mientras yo apuraba en diez sorbos lo que perfectamente dos habrían podido conseguir. Soy estudiante, así que yo también soy pobre y feliz como él en esta ciudad; aunque yo todavía no tengo ningún renglón para vender y poder pagarme unas ostras. Luego perseguí a Julio Cortázar por las entrañas doradas de París, donde guardo mi caja fuerte de historias. Cuando oscurece y las tiendas cierran, cruzo la ciudad bajo techo por sus pasajes y me dedico a observar cómo todo el mundo se dirige hacia cualquier sueño. A veces le veo manoseando los libros mohosos de cualquier librería de viejo o simplemente se deja llevar por la inercia de llegar al siguiente barrio, con esa envergadura de diablo solitario, con una mano metida en la gabardina y la otra ocupada en el humo de su cigarro. Soy una especie de grupi de cementerio, ¡no lo puedo evitar!

He vivido, durante años, aquellos rincones en los que se hizo historia con el fuego de la imaginación, hasta que un buen día vi la historia con mis propios ojos. Esta ciudad es una leyenda en sí misma y en cada baldosa que piso siempre pienso en todas las cosas que han sucedido justamente allí, antes de que mis botines la hayan profanado con su huella. Cuando cruzo la rue St. Antoine veo carretas de madera transportando a personas de otro tiempo y al llegar a la place de la Concorde les cortan la cabeza. Y entre el asombro y el hambre, acabo asistiendo al espectáculo ensimismado en un crêpe de chocolate de cualquier puestecillo. Es imposible no ceder ante ese calorcito azucarado en medio de este éter grisáceo del mes de Enero que suena a violín, y volver a ser un niño otra vez. Además, he tocado la historia con mis dedos y yo también encendí una vela y escribí un poema de Benedetti de mi puño y letra, en memoria de las víctimas de los atentados de noviembre; canté el Imagine de John Lennon a coro con una multitud de almas en la Place de la Republique y me emocioné con la afonía de una liturgia tras los disparos. No hay crêpe ni vaso de vino que me abstrajera de aquella punzada en el corazón que me dio el silencio del día después.

Pero no todo son lágrimas, muchas tardes salgo de mi casa como un sonámbulo contento y me dejo llevar por los barrios. Me compro una tartaleta de melocotón en una panadería artesanal que hay camino de Grands Boulevards y elijo siempre la calle por la que no he ido antes. Así, poco a poco, voy creándome un mapa mental de esta ciudad que no se acaba nunca. Cada barrio es una pequeña ciudad dentro de París, así que uno se tira la vida viajando por estas muñecas rusas como un borreguito en el metro. A veces uno vuelve a la realidad, cuando el aire frío de las escaleras del metro te hiela los huesos antes de salir, de nuevo a cielo abierto, y se pregunta: ¿cómo he llegado hasta aquí? No escapo a la alienación de esta vida moderna de tubos de escape y puertas automáticas.

De esta forma me dejo llevar por le Marais, donde las fachadas se visten con ropa de segunda mano. No todo lo antiguo está pasado de moda y remuevo las estanterías llenas de retales de otras vidas para añadirlos a la mía. Después salgo y entro en algún libanés para disfrutar del mejor falafel de la ciudad, mientras recorro calles de arquitectura pop con posters y grafitis en edificios centenarios. De camino al barrio latino siempre se me cruza, en algún callejón de otro tiempo, una librería donde encuentro ese cielo de papel que huele a historias inmortales. Y al llegar a Notre-Dame paseo junto a cualquier francesa de ojos azules que me guiñe un ojo. Desde la estación de Saint Michel empiezo a soñar despierto y las luces de la catedral se reflejan como pinceladas de Van Gogh en el canal de Saint Martin. Son esas luces o cualquiera de los rayos de Sol que me ciegan por la mañana los que me dicen, como una aparición divina, que es aquí donde debo estar.

Dices en tu último mensaje de voz que ya no te quiero, que igual me he olvidado de ti. Nada más lejos de la realidad. No te he contestado porque estaba de mal humor por un resfriado y por la nostalgia de tener que abandonar mi playa hasta nuevo aviso. Pero por lo demás, sigo siendo el mismo de siempre. Mi dejadez telefónica sigue latente y mis amigos siguen llamando al timbre de casa si quieren hablar conmigo. Mantengo mi pulso con las noches e hipoteco cada mañana con una hora más de cine o un relato que me hace soñar antes de tiempo. También observo el cielo cuando tengo un día malo y sonrío cada vez que me riman los versos. Por mucho que cambie la latitud de mi posición geográfica o el horizonte de mis atardeceres sigo despertándome ciertas mañanas con la sensación de haber pasado un rato contigo y con el pliego de las sábanas grabado en mi frente. Entonces escribo una poesía sobre ti para compensar ese mensaje tuyo que me enterneció el corazón y al que nunca contesté.

Es increíble cómo ha pasado todo un año de carteos cibernéticos a destiempo, al más puro estilo de un siglo que no es el nuestro. Ahora quiero viajar a Australia contigo, descorchando una botella de vino y recorriendo cada uno de los surcos que abriste en Oceanía. Quiero que me cuentes todo, si te has hecho surfera o hippie, si te gustan más las mañanas o las tardes de aquel continente o cómo es la gente que fuma en las terrazas de tu ciudad; y que me hables en inglés, por primera vez, pues elegimos fumarnos aquellas clases juntos y aprender otro idioma en el mundo, separados. Ahora que vuelves a Europa, te invito a una tartaleta de melocotón y a que seas esa mujer de ojos azules que persigue fantasmas conmigo por los alrededores de Notre Dame. Seguro que entonces el Sol se coloreará en el Sena y todos mis horizontes serán celestes, pues tengo ganas de encontrarte ya en la superficie y no en la oscuridad del subsuelo, hacia donde mis pestañas te señalan cada noche desde hace un año.

Pablo Melgar

Foto: Beatriz Muñoz

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