Chico lindo pero cabrón

-¿Y dónde dejo yo la valija ahora? ¡Malditos franceses!

Yo estaba en el vestíbulo de un pequeño hostel en las entrañas del 1er arrondisement de París, a apenas tres minutos a piel del Musée du Louvre. Desde el punto en el que me encontraba, comienza París y el resto de mi aventura. El primer distrito de París es el corazón de la ciudad y, a partir de él se enroscan los otros 19 barrios en forma de una espiral que nunca se acaba, como ya pudo comprobar Enrique Vila-Matas durante su juventud en la Ville lumière (Ciudad de la luz). Sin embargo, la vida del forastero en París también fluye como la yema de un dedo recorriendo la concha de un caracol: mareado y maravillado.

Sentado en una incómoda silla en la que llevaba anclado durante horas, luchaba contra el wi-fi, que se interponía entre mi futuro hogar y yo. En ocasiones dejaba de funcionar y lo único que me permitía hacer era conectarme al Facebook. Pero no era al único al que le ocurría, aunque hasta ese momento pensara lo contrario.

-¡Encima tampoco funciona el wi-fi!– la argentina seguía maldiciendo en voz alta, creyendo que nadie la entendía. Pero siempre, en cada rincón de este mundo, hay un español observando y riéndose de la situación.

-¿Argentina?- le dije, cuando se sentó en una mesa más allá de la mía.

-De Buenos Aires. ¿Y vos?

-Del sur de España.

-Allí me trataron rebién, en España. Estuve en Madrid y en Barcelona, y muy lindo todo. ¡Pero esta ciudad…! ¿A ti tampoco te funciona el Internet?

-No, no funciona desde hace una hora por lo menos.

-Ayer no fue en todo el día, y eso que nos cobran 2 pavos al día por usarlo- otra voz española se inmiscuía en la conversación. Como dije, en cada rincón de este mundo hay un español observando y riéndose de la situación.

-¿Español?-pregunté lo obvio.

-De Málaga-dijo, orgulloso.

-Yo vivo en Granada, ¡cerquita!-le dije.

-¿Pero eres de allí? No tienes acento.

-Bueno, es complicado…soy de un pequeño pueblo de Murcia llamado Santiago de la Ribera, en el Mar Menor, pero nací en Madrid. Digamos que soy del Mediterráneo, ¡jaja!

-Granada es genial, tengo muchos amigos allí estudiando, pero como mi Málaga…-dijo riéndose.

-A ti tampoco te va el wi-fi, ¿no?-le pregunté, acabando con las presentaciones.

-No.

Y la argentina volvió a blasfemar.

-¡Mira que nosotros somos un desastre, pero esta ciudad me hace extrañar mi tierra!

-¿Qué te ha pasado con la maleta antes?- le pregunté.

-Que el pendejo de recepción me ha dicho que esta mañana, antes de las 9 y media, me tenía que haber cambiado de habitación. Y ahora hasta las 14:30 no puedo entrar en mi nueva habitación. ¿Qué se supone que debo de hacer con mi valija?

-A mi me ha dicho que tengo que cambiarme el domingo por la mañana.

La conversación volvía a ser de dos, porque el de Málaga parecía satisfecho con su labor en el Facebook y siguió a sus cosas.

-¡Te hipnotiza esta ciudad cuando estás por la calle! Sus fachadas doradas, sus tejados negros con ventanas blancas y el Louvre, la Tour Eiffel, el Sacre-Coeur y tantos otros sitios maravillosos. ¡Pero cuando necesitas cualquier cosa te maltratan! Me decepcionó por completo esta ciudad. París es como un chico lindo pero cabrón, y estoy deseando dejarle plantado.

Escuchaba atentamente, hipnotizado con su acento, con sus dobles eles que convierten en haches andaluzas, con sus insultos llenos de humos ácido y con la música que entonan en cada una de las palabras. Entonces volvió el Internet.

-¡Creo que ya va! ¡Pruébalo!- le dije.

-¡Ay, sí, menos mal!

Y todo volvió a la normalidad, como si ninguno de nosotros hubiésemos estado durante unos minutos hablando, ya no nos necesitábamos, ya había conexión a Internet y con ella volvía el silencio en el vestíbulo, el ruido de las teclas en los ordenadores y las sonrisas mudas y privadas de las conversaciones online que cruzaban mares y continentes con las personas que allí estábamos.

Pero yo ya no tenía ganas de seguir buscando piso. Estaba harto de navegar de página en página, sin encontrar nada más que apartamentos compartidos por cuarentones que buscaban una femme con la que vivir o agujeros inmundos en la buhardilla de cualquier edificio de siete plantas sin ascensor y sin ni siquiera muebles.

Con la mayoría de los anuncios que encajaban en mi búsqueda: algo relativamente céntrico y no demasiado caro (digo “no demasiado”, porque parto de la premisa de que TODO es extremadamente caro, hasta lo barato); los dueños no cogían el teléfono o te colgaban directamente al ver que les hablabas en inglés. Tenía la certeza de que aquellos anuncios no eran más que visiones en un desierto y cada vez me veía más lejos de encontrar un hogar. Y cuando el momento del pesimismo llegaba, era mejor darse un respiro.

Me despedí de ambos y subí a la habitación número 36, donde la litera superior llevaba mi nombre, hasta las 9 y media de la mañana del domingo, claro. No había nadie en la habitación y a esa hora de la mañana aprovechaba la ausencia de mis nómadas compañeros de cuarto para disfrutar de un poco de intimidad. Abrí la ventana y respiré hondo el aire de otoño que ya olía a Sol de invierno. Desde allí podía ver los tejados oscuros de una ciudad antigua, sus fachadas doradas que convierten en monumento histórico a cada esquina de la ciudad y las ventanas blancas de madera, en las que podías ver a gente asomada: desde una mujer tendiendo una toalla en la barandilla de su balcón hasta un joven fumándose el horizonte de luz de París.

Sabía que la argentina me había dado mi primera historia en París. Lo sabía desde el momento en el que empezó a hablar. Pero también sabía que no podría escribirlo todavía, no hasta que encontrara la paciencia de un hogar. Escribir me aliviaba en aquellos días, era un lugar donde acudir ante el miedo, pero mientras siguiera de prestado, esto solo sería un diario de viaje y no el primer capítulo del relato de mi aventura.

Pablo Melgar

 

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