En el fango. Capítulo I

Charles Baudelaire

“¿Qué dirás esta noche pobre alma solitaria,
qué dirás, corazón, marchito hace tan poco,
a la muy bella, a la muy buena, a la amadísima,
bajo cuya mirada floreciste de nuevo?”

 

 -¿Y por qué lo dejasteis, tío?

-¿Y por qué no?, no estábamos bien ya…

-¿Entonces estás mejor ahora?

-Es muy duro…

-¿Entonces por qué lo dejasteis si es tan duro?

-Si no estábamos bien, ¿qué sentido tenía?-vaciló un momento-…¿no?

-Bueno…si tú estás mejor así, yo también. Es que, verás, está por aquí, ¿sabes?

-Ya, ya lo se…la he visto antes.

-¿Y qué?

-Nada, nada…estamos en esa fase en la que apenas nos saludamos como desconocidos. Es más, siento que soy el único desconocido para ella aquí, ¿sabes? Es muy extraño pasar…del todo a la nada, en apenas una semana.

-Me imagino…está muy guapa, ¿eh? Lo siento, tío, pero es verdad.

-Siempre…siempre lo ha estado, joder. Gracias por los ánimos-dijo, rascandose la coronilla con las uñas.

Rieron, de forma nerviosa primero. Él por no llorar, porque no estaba siendo el miércoles por la noche que había imaginado antes de salir de casa, al mirarse en el espejo. Sin embargo, ese cigarro le sirvió para liberar tensiones. Había tenido esa misma conversación consigo mismo durante toda la tarde pero nadie se había dignado a preguntarle, aunque todos lo sabían. Pero aquel era un buen amigo.

-Bueno, ahora nos vemos, tío. En un rato nos tomamos una cerveza que voy a hablar con ellas, ¿vale? ¿Estás bien?

-Sí, sí…tranquilo. Ahora te veo, ¿va?

Apuró el cigarro, oteando el estimulante horizonte de la vieja París. Aquellas luces de los edificios de la Île Saint-Louis, reflejados en el río Sena, ejercían un poder hipnótico en él. Podía pasar horas observando la noche estrellada y casi creía adivinar el tacto de las ondas de luz en el agua, como si pasara las yemas de sus dedos por un cuadro de Van Gogh. Cuando no quedó más que fumar, tiró la colilla y apartó, entre perdones, a un par de corros de gente para internarse solo en el bar.

Todo el mundo celebraba, con un tono más del habitual, el anochecer. Le sorprendió, pues la noche francesa nunca se va de madre. La gente bebe sus cervezas aguadas en grandes vasos de plástico, entre la distensión y la risa contenida. De vez en cuando algún grito infantil o algún español intruso que cuenta alguna anécdota con demasiado brío turban el tono medio, pero nunca hay más decibelios de la cuenta en el ambiente. Incluso hay un medidor de ruido en la pared, que sirve como indirecta. Así que debía de ser alguna celebración especial la de aquella noche en Le Nouvel Institut del Boulevard Saint Germain.

A él no le apetecía nada estar entre toda esa gente, pues no compartía su energía. Su mirada era alicaída y decidida al mismo tiempo, porque tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo por él mismo, como un acto de valentía. Así que se hizo paso entre aquella muchedumbre sin rostro, hasta que unos dedos le tocaron el hombro. Eran unos dedos de mujer.

-Leo, ¿qué haces aquí?

-Jajaja, ¡no!, ¿qué haces tú aquí? ¡Tú nunca sales!

-Cierto. Pues nada que han venido unas amigas a pasar el fin de semana y no he tenido más remedio que salir a tomarme una cerveza.

-Joder, ¡qué sorpresa! No te veía desde hace meses. ¿Y qué tal todo?

-Muy, muy bien. Muy contenta. Aunque tengo muchísimo que estudiar porque los exámenes están a la vuelta de la esquina y encima tengo el estage, ya sabes. Por cierto, he visto a tu novia por aquí pero me ha dicho que ya no estáis juntos, ¿no?

-¿La conocías?

-No, pero me acuerdo de tus fotos de vuestro viaje a Grecia en Facebook y me he acercado a saludarla. ¡Qué guapa es! ¿Qué ha pasado?

-Sí, sí lo es…Pues nada…ya sabes, las cosas a veces se terminan. Bueno me alegro mucho de verte, ¿eh? Nos vemos en la Universidad. ¡Voy a pedirme una cerveza que estoy seco!

-¡Pásalo bien!

Se acercó a la barra con decisión y pidió:

Une pinte de bière, s’il vous plaît!

-Une pinte?

-Oui, une pinte…-dijo con resignación-¿siempre me tienen que corregir o qué?

Voilà. Cinq euros, s’il vous plaît.

Leonardo entregó un billete y salió cabizbajo hacia la puerta. Ya en la calle, apoyó la pinta en una mesa llena de chicas que no hablaban entre ellas y cogió el paquete de Phillip Morris para liarse un cigarrillo. Era ducho en el arte de fumar, así que se puso un filtro en la boca y con gran peripecia esparció el tabaco en el papel que sostenía con dos dedos, para prensarlo después y liar un cigarro perfecto. Se sacó un paquete de cerillas del bolsillo y prendió una con decisión. Ladeó lo justo la cabeza hacia la izquierda, dejando caer ligeramente su pelambrera rubia y rizada sobre uno de sus ojos color miel, y encendió una nube de humo negra en sus pulmones. Su cuello desnudo irradiaba fuerza y juventud. No era un muñeco pero las chicas le miraban atentas durante aquel ritual, pues la seguridad que le daba un cigarro en los labios le hacía un hombre mucho más atractivo.

Perdona, ¿por qué lías un cigarro si tienes ya uno en la oreja?-le dijo una de ellas. Era española

Era para ti-y se lo dio.

Ella rió con descaro. Sus labios recién pintados emergían de su rostro de una forma artificial y, además, se tocaba el pelo con premeditación y alevosía. Luego se echó el cigarro a la boca y vio como Leonardo se perdía entre la gente, pues esa noche no tenía ojos para nadie. Después le vio de lejos cómo observaba, desorientado, la imagen de la terraza de la brasserie. Las chicas más guapas tenían ya conversación y el portero se empeñaba en apiñar a la muchedumbre bajo el toldo, creando una frontera imaginaria e intraspasable con el dedo, más allá de la cual solo había afiladas gotas de lluvia trazadas en el suelo. Conversaciones en todos los idiomas: aunque había sobre todo franceses, el castellano y el italiano se imponían a los demás por el volumen.

¡Say the “H”, motherfucker!

-¡Shut up, “Espanish”!

 Leonardo empezó a escuchar la anécdota desde lejos, la conocía ya pero siempre le gustaba escucharla una vez más.

-¿Por qué le dices eso, Pablo?-preguntó una chica, en español.

Porque los italianos tienen un problema con la “H” en inglés, no la pronuncian nunca.

-And I don’t even try it!

-Entonces el otro día le recomendé una película a Pietro: “12 angry men”; ¡y él me preguntó que si tenían hambre!

 Todos reían, bebían y fumaban, entretanto que se rebanaban los sesos para entenderse entre ellos. Aunque no era uno de ellos, Leonardo amaba el ambiente Erasmus: la amistad entre la confusión de idiomas y culturas. Justamente por eso se acercó para introducirse en la conversación. Sin duda, era eso lo que necesitaba aquella maldita noche. Pero cuando encontró a su amigo Alejo entre la gente no le gustó lo que vio.

¡Hey…! ¿Qué tal?- le dio los dos besos más fríos de su vida y giró la cara rápidamente para seguir la conversación, como si apenas se conocieran. Tragó un cubo de saliva.

Tenía el pelo más largo que de costumbre, se dio cuenta, y sus ojos verdes resaltaban más con el carmín de sus labios. ¡Qué labios!, pensó Leonardo, cuando apenas le rozaron la mejilla. Aquellos labios que se habían acostumbrado a los suyos como un pez a su rémora. Ya no estaban a su alcance y eso aumentaba considerablemente su deseo por ellos. Había ojeado de refilón su vestido color pizarra, violentamente ceñido al cuerpo, cuando sintió ganas de mojarse la cara con agua. Conocía cada una de sus curvas y lunares, pero aquella noche desprendían un fulgor enigmático que Leonardo estaba tentado a descifrar. Ésa no era la mujer que había vivido a su lado tantas auroras. Sin embargo, le había delatado el perfume de una época. Por un momento había vuelto a los abrazos por sorpresa, a las noches importantes a la luz de una cena y a la imagen del cuarto de baño desde la cama, mientras la veía arreglarse con mimo cada noche antes de salir. Inesperadamente, rememoró el bostezo del Sol en el horizonte anaranjado de Atenas, en el ocaso de aquella tarde en que la quiso más que nunca. Seguidamente viajó a Dresden, a Granada y a la arena tibia del Mediterráneo entre sus dedos arrugados. Pensó en sus huevos estrellados de cada desayuno, sobre una rebanada de pan recién tostado, y en el café tan malo que siempre le salía. Se acordó de aquellos tacones azul eléctrico que tanto le gustaban y del calor corporal que emitía durante la noche con cada uno de sus espasmos. Por último, vinieron, de nuevo, a su mente las palabras “hey, ¿qué tal?”. Entonces se dio cuenta de que esa época solamente volvería en forma de gotas de flor que poblaban el éter amargo de su noche en París. Así que se volvió rápidamente hacia Alejo, que no sabía donde meterse.

-Ale, toma tu birra. Mejor me voy a ir porque tengo una cena esta noche y…no quiero perder el último metro, ¿vale? Pasadlo bien-y guiñó un ojo al grupo, sin mirarlo.

Su amigo se levantó y le persiguió hasta el comienzo del Pont de Sully.

-¿Estás bien, tío? La línea 7 está en la otra dirección.

-Sí, sí…solamente necesito estar un rato solo. Voy a darme un paseo.

-¿Te ha dicho algo?

-No, ese es el problema. Además, no estoy preparado para meterme en una conversación con ella ahora mismo. Y, sobre todo, con esa actitud que tiene hoy. No ha hablado contigo más de tres minutos seguidos en todos los años que ha estado conmigo y ahora está super simpática con todo el mundo menos conmigo. Así que prefiero irme.

-Bueno, tío. Lo siento mucho, de verdad. ¿Seguro que estás bien?

-Sí, sí…tranquilo que estoy bien. No aguanto más estar aquí, sólo eso, ¡pero estoy bien!

– Si me necesitas, ya sabes donde estoy, ¿vale? Escríbeme mañana y comemos juntos.

-Perfecto.

Se dieron un abrazo eterno y Leonardo se metió las manos en los bolsillos, antes de  internarse en la oscuridad de una noche en el corazón de París.

Pablo Melgar

 

Sigue leyendo el Capítulo II.

Foto: William Albert Allard

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