En el fango. Capítulo II

Lee primero el Capítulo I.

Ni un alma camina por las islas en una noche de marzo y menos bajo la lluvia. A esas horas de la madrugada apenas hay luces insomnes en las ventanas, más allá de las farolas y la iluminación cobre de los edificios históricos. Con las manos en los bolsillos subió por la Quai d’Anjou y se paró ante un balcón dorado que destacaba majestuoso en la esquina de la calle. De repente, un hombre de mirada penetrante y labios sellados abrió el balcón para fumarse un cigarro. Leonardo, sentado en el bordillo, observaba atónito la imagen de aquel hombre de otra época y, por un momento, tuvo miedo. El hombre empezó a recitar versos que se mezclaron en el aire y en el tiempo para siempre…

En medio de la noche y de la soledad,

o a través de las calles, del gentío rodeado,

danza como una antorcha su fantasma en el aire…

 

Y desapareció, como la luz al soplar una vela.

-¡Joder! Tengo que dejar de fumar marihuana…-dijo, en voz alta y con el corazón en la mano.

Llegó al Pont Marie, rememorando antiguas discusiones en su cabeza. Todavía se acordaba de los argumentos que había aprendido a afilar con el tiempo para ganar las disputas conyugales. Y aún se mordía los labios por la rabia que le producían las contestaciones que se quedarían grabadas en su memoria para siempre, enturbiando los recuerdos más idílicos y románticos, que eran mayoría. Siguió andando por la Quai de Bourbon y la Place Louis-Aragon le dio una bofetada en la cara. Había pocas vistas mejores en toda la ciudad.

Desde allí podía seguir con la mirada la corriente de caracol del Sena al traspasar el Pont d’Arcole, iluminado por los majestuosos monumentos que de ahí en adelante ostentan la vieja belleza de la Ville Lumiere. Observó el imponente perfil de Hôtel de Ville, a su derecha, y pensó en la Comuna de París: en cómo los ciudadanos escribieron en su fachada las palabras egalité, fraternité y liberté con sudor y sangre para formar el primer gobierno democrático; y en la manera en que hicieron honor a estas palabras al tomar la plaza un siglo después para arrebatarle el poder a los intrusos prusianos. Las luces que lo iluminaban acababan de apagarse y ahora la piedra dormía. También descansaba el Pont Marie, después de recibir tantos flashes a lo largo del día, aunque Leonardo creyó ver a Horacio Oliveira dibujándole la boca a la Maga con el dedo índice de su mano. Intentó no despertarse y creer que allí se acababan de encontrar de verdad, aún sin buscarse. Luego miró a su izquierda y divisó la punta más alta de la cara perversa de Notre Dame sobresaliendo tras los imponentes edificios de la Cité. Pensó en la palabra destino grabada en la roca gótica y en cómo encendió la mente de Victor Hugo para crear al jorobado que vive en su campanario. Estaba abrumado por aquella belleza ecléctica. Y se sintió más solo que nunca, pues estaba deseoso por compartirla con alguien. Por compartirla con ella, como tantas otras veces antes.

Ahora sí que su fantasma danzaba como una antorcha por aquellas calles y soplaba su aliento con el aire de la noche de marzo, todavía gélida. Leonardo sintió aquel último aliento de ella en su cuello, el día que se abrazaron por última vez antes de decirse adiós para siempre. Pensó en sus lágrimas de niña, que eran para él, el mayor mal de los cuales podía tener en la vida. Empezó a llorar, tímidamente y siguió pensando en su amor por ella y en cómo se había sentido un asesino, un canalla, un metepatas, un capullo, un egoísta y un bruto el día en que usó las tijeras para cortar tantos años de relación de un tajo. Sin embargo, ahora solo sentía rabia. Y, por primera vez, pensaba en él mismo y no en cómo se pudiera sentir ella. Por ello rompió a llorar de forma desconsolada, como si llorase por primera vez en su vida.

Se echó las manos al rostro. “Aquella plaza era para saborearla, no para llorarla”, pensó, y por ello sintió una punción en el pecho. Necesitaba hablar de aquello, no podía perpetrar más aquella soledad desconsolada que le arrastraba. Así que sacó su teléfono y escribió a su amigo:

Tío, estoy en el fango. Ven a la Place Louis-Aragon, por favor-y siguió regando el suelo de la Cité con lágrimas amargas durante un buen rato.

Allí sufrió al menos quince o veinte minutos de espera, durante los cuales el inmemorial empedrado dejó de distinguir la fina lluvia de su aflicción. La congestión le hizo incluso olvidar, por un momento, la razón de su sollozo. Tenía la mente en blanco y una tiritona en el cuerpo. La calle permanecía imperturbable en la oscuridad y hasta escuchó el sonido de su propio eco al toser. Mas apenas un cuarto de hora después escuchó el grito asustado de su amigo, no muy lejos de allí.

-¡LEO! ¡LEO! ¡¿DÓNDE ESTÁS, LEO?!

Entonces se asomó hacia abajo y vio a su amigo Alejo bajando los escalones de la punta de lanza de la isla, hasta prácticamente tocar el agua con la punta de sus zapatos.

-¡LEO! ¡LEO!-gritaba su amigo, desconsoládamente al agua.

-¿Qué haces, tío? ¡Estoy aquí arriba!

-¡Eres un cabrón, que lo sepas!-y salió corriendo hacia las escaleras que subían hacia la pequeña plaza en la que Leonardo yacía en su despecho. En los peldaños esquivó tres ratas bien hermosas sin inmutarse y una de ellas incluso sacó los dientes, esperando lo peor, mientras las demás se adentraron en los pequeños recobecos, fruto del paso de los siglos.

-¡¿Cómo me dices que estás en el fango?! Estaba a punto de tirarme al agua… ¡Te hacía ahogándote, hijo de puta!-y le abrazó como si le acabase de recuperar de las mismísimas fauces del río.

Y Leonardo tenía el cuello empapado pero no de fango, sino de tristeza. Su amigo le zarandeó y le tocó para comprobar que todas las partes de su cuerpo estaban en su sitio.

-¡¿Qué te pasa?!, cuéntame…María nos está esperando en el metro. Nos vamos a tomar algo, sí o sí. La noche no puede acabar así. Ven aquí, anda…

Leonardo seguía mojándose con un torrente de lágrimas, así que le abrazó muy fuerte. Sin embargo, ahora que sentía a su amigo muy de cerca había recuperado la risa incontrolable de quien ha burlado a la mismísima muerte.

-¡¿Cómo cojones te voy a escribir un Whatsapp desde el agua?!

-¡Y yo que sé, tío!-gritó, riéndose, por no llorar.

 

Pablo Melgar

 

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