La virtualidad del horror. Capítulo III

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Le miré repetidas veces, nervioso. Él lo notó. Estábamos solos en aquel andén, en mitad de uno de esos barrios fantasmales que uno se encuentra en Europa, en los que a partir de cierta hora del día solo se intuye la vida que hay tras sus persianas. No había peatones sino faros y tubos de escape que aparecían en forma de ráfagas intermitentes al son del ritmo de los semáforos. El tranvía tardó en llegar y yo me sentía inquieto por tener que estar allí, en los suburbios de París, aquel día. Precisamente aquel día, me repetía una y otra vez a mí mismo. Sentado en un banco y con las manos insertas en los bolsillos de mi chupa negra, no podía dejar de mirarle sin el rabillo del ojo. Mi compañero de la noche se sintió incómodo y, cuando el tranvía llegó, me dirigió una mirada reprobatoria mientras cruzaba la puerta. Acepté aquella mirada con honestidad y piqué mi tarjeta Navigo en la panza del revisor electrónico del vagón, de la misma forma en que me hubiese declarado culpable ante un jurado.

Un hombre con un turbante eructaba y se rascaba la tripa, dos jóvenes se reían a voz en grito sobre cosas que no habría entendido ni en dos vidas de clases de francés y una niña pequeña se quejaba en el hombro de su madre. Todos eran de raza negra, menos yo. ¿Qué pensarían sobre lo que pasó anoche? La aparente normalidad que se respiraba en aquel vagón me tocaba un poco los cojones. Habían muerto más de 130 personas la noche anterior, ¿qué hacía toda esa gente en la calle?

“Bonjour”, me dijo una señora, acercándose a mí. Le contesté con una sonrisa falsa, pues no entendí la necesidad de compartir fila en un vagón prácticamente vacío. Era una mujer enorme, vestida con un abrigo negro y unas zapatillas de andar por casa. Desprendía una enorme fragilidad en cada uno de los movimientos que le hacían avanzar. Cargaba con dos enormes bolsas de plástico que dejó en el suelo y desplegó un mapa de metro sobre el asiento. Yo esperé su pregunta como quien recepciona un balón de rugby pero me cortó con un “C’est bien”, al intuir mi predisposición de buen ciudadano, y se sentó encima del mapa.

Sacó unas pinzas y empezó a arrancarse los pelos de la cabeza. Los pocos que le quedaban, claro, porque era prácticamente calva excepto por algunas islas de vellos morados. Podía sentir el metal pellizcar la piel, cada vez que apretaba con sus dedos el utensilio. Sus movimientos eran rápidos y llenos de neurosis. Parecía querer acabar con ello cuanto antes, como si cualquier indicio capilar fuera una plaga a erradicar. Yo me retorcía de la tiricia contra la ventana del tranvía, y apretaba con fuerza la barandilla del asiento con mis manos. No tenía escapatoria, aquel era el único asiento en el que no puedes salir fácilmente sin molestar al de al lado. Llegamos a Saint Denis, tras veinte minutos de deforestación, precisamente aquel día.

La plaza de la Gare de Saint Denis se encontraba tal y como la había conocido la noche anterior. Pocos cambios, pensé. Mucha gente de un lado para otro y algún que otro árabe barbudo que era interpelado por los militares con metralleta que les acribillaban a preguntas. Salí del tranvía y maldije en voz alta la locura de aquella señora. A pasos forzosos crucé la plaza, gambeteé a los vendedores ambulantes y llegué al andén sin mirar a nadie a los ojos. Me quedaban 5 minutos de espera y me senté en un banco cualquiera.

El andén estaba abarrotado y yo era el único blanco, de nuevo. Llegué a la conclusión de que era un día normal en el barrio, como cualquier otro, y me dije a mí mismo que no tenía por qué pasar nada. Pero un chico de unos veinte años no me quitaba ojo de encima, lo había notado unos minutos atrás pero no le di la mayor importancia. Sus miradas cada vez eran más penetrantes y sin disimulo. Así que esperé a la llegada del tren y un instante antes de entrar me cambié de vagón. Él me siguió. Entré e hice una especie de recorte como los que solía hacer cuando jugaba al fútbol en el medio del campo y cambié el juego hacia el único asiento que quedaba libre. El chico se había quedado de pie, agarrado con la mano a la barandilla y con la mirada fija en mí. Pensé en decirle algo. Cualquier otro día le habría dicho un par de cosas pero, precisamente ese día, no era capaz.

En la parada de Saint Denis, el hombre que se sentaba a mi lado me jugó una mala pasada y se escabulló entre el gentío. El chico ocupó su lugar con la rapidez de una lagartija. Se había acercado a mí, era lo que quería desde un principio, estaba claro. Con el rabillo del ojo tanteaba su posición y no me miraba pero sabía que me observaba, que me sentía. Me eché todo lo que pude hacia el otro lado y le dejé claro que evitase cualquier contacto con un movimiento brusco de codo. No sabía qué pensar.

Llegamos a la Gare du Nord y esperé a que todo el mundo se levantase antes que yo. Él lo hizo y se dirigió hacia una puerta, así que yo me fui a la otra. Le eché morro y me colé dos o tres puestos, mezclándome entre la gente. Sabía que me buscaba con la mirada y cuando salí del vagón, tras unos minutos de espera, allí estaba el cabrón. Plantado en una columna al lado de las puertas mecánicas de la salida, me esperaba. ¡Joder, precisamente aquel día! Pero no fui en aquella dirección y bajé las escaleras que llevan hacia el metro, con brío, saltando los escalones de dos en dos y me mezclé en el bosque de cabezas que pueblan la estación del norte de París cuando cae la tarde, para no verle nunca más.

Estaba en París, por fin. Y había gente en el metro. No la que habría en hora punta pero más de la que me esperaba. El último andén de la tarde era el de la Gare de l’est y sentado en un asiento me dediqué a descifrar el aire. Observé cada una de las caras que esperaban, en frente, la llegada de un metro al igual que yo. Podía percibir un silencio inusual en el metro de París. Las parejas se reían vergonzosas de levantar la voz y, de vez en cuando, aparecían grupos de seguridad del metro dirigiéndose con decisión hacia cualquier parte. Cada vez que eso ocurría, los presentes nos mirábamos con cara de circunstancia, sin decir nada pero diciéndonoslo todo.

El metro de la línea 7, mi línea desde el primer día, llegó. Aquel no era un vagón de sábado por la tarde pero sí era el de un martes por la noche. No había rastro de apocalipsis bajo París. Mira a los pasajeros, siguen con su cara de modo avión. Sus miradas se han apagado y no viven sino existen, mientras cuentan las paradas que les quedan para llegar a sus hogares. Todos salvo uno, un hindú que prácticamente rozaba sus rodillas contra las mías. Dormía profundamente el ansiolítico interminable de la rutina bajo tierra, pero se le había ido un poco de las manos. Su cuello estaría en problemas cuando despertase, pues su cabeza estaba totalmente echada hacia atrás. Mientras, su boca lanzaba suspiros del inframundo, completamente abierta de par en par. La gente ni se inmutaba de su situación pero yo no pude evitar reírme en voz baja. ¿Cuántos raros más me voy a encontrar antes de llegar a casa, precisamente hoy?

La megafonía del metro sonó por primera vez, anunciando la posible llegada a “Poissonière”, con cierta duda. Después, los segundos de intriga, hasta que ya te confirman que has llegado a Poissonière. Entonces el hombre se despertó, sin saber siquiera el nombre de su madre y, aparentemente, tampoco el de la ciudad en la que se encontraba. Se levantó de súbito y descifró el mapa de la línea, mientras recuperaba todos sus recuerdos. Se estremeció al ver el nombre de la estación y entonó un “¡mierda!” en no se qué idioma pero en una pronunciación universal. Salió echando hostias del vagón y se dejó caer en aquella parada, seguramente, a tomar por culo de su casa.

Al salir del metro, el viento de las escaleras fue descomunal y ayudé a una mujer a subir el carro de la compra hasta la superficie. Al principio pensó que quería robarle pero luego se dejó ayudar con cierta reticencia. La ciudad respiraba la tranquilidad de una semana dura que da su último aliento. El libanés del kebab me miró con cara de perrito hambriento cuando pasé por su escaparate, la peluquera tenía la misma cara de pena que el martes, el pakistaní que asa pollos estaba en su esquina fumando como cada minuto de su vida y esa gente a la que tanto odio llenaba sus estómagos en ese restaurante tan caro y suculento de la rue de Rochechuart que nunca podré probar. Ya en la plaza que da al portal de mi casa en la rue Turgot, un padre paseaba tranquilamente con su hijo. Ambos eran blancos y reían, precisamente aquel día.

Pablo Melgar

People are strange – The Doors

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