Rincones que no deberían estar donde están

Este capítulo comienza con un puñado de páginas arrancadas, una tarde gris y el Jardín de Luxemburgo. Me propuse, desde el principio, que esta libreta fuese mi compañera de pensamientos en mis paseos por París. Me la compré en Granada, en una callejuela que une el Carril del Picón y la plaza de los Lobos. Me gustaba atravesar esa calle, cuando volvía desde alguna parte hacia la plaza de la Universidad (Derecho) y meterme en esa tienda que no debería estar allí. Entraba y tocaba el papel de cada libreta que vendían, pues básicamente eso era lo que ofrecían: papel en todas sus formas y tamaños, y me imaginaba historias y dibujos que pudieran llenar sus páginas en blanco.

Porque me encantan los sitios que no deberían estar donde están. Aquellas tiendas o rincones con un conejo llamándote para que lo persigas y que aparecen, de repente, para romper la armonía de la calle por la que caminas. Granada está lleno de rincones así y puedo decir que me los conozco todos o casi todos. He recorrido esa ciudad desde todos los puntos cardinales y, como buen lobo solitario guiándose por el olfato, he descifrado sus entrañas tarde tras tarde, descubriendo un libro maravilloso en el doble fondo de un estante, olores nuevos que no conocía en alguna tienda de tés en el regazo de la Catedral o papeles en blanco que me llamaron a escribir.

De todas formas, Granada se acaba. Y no me refiero a mi estancia allí, sino a su espacio abarcable para el curioso. Así que se me acabaron los rincones que no deberían estar donde están y me vine a París. Llegué hace apenas tres semanas y parto del hecho de que soy el primero que no debería estar aquí, pues soy un español que no sabe francés, en París. “¿Qué haces aquí, entonces?”, me pregunta todo el mundo. Y me dan ganas de decirles que llegué aquí persiguiendo a un conejo y que este enorme rincón supera a la imaginación de lo maravilloso que es. Aún tengo que acostumbrarme a los inconvenientes de vivir en una gran ciudad, pues Alicia también se enfrentó a enormes dificultades en el País de las Maravillas. Sin embargo, la mayor diferencia entre ambos es que cuando llego a cualquier cruce de caminos de esta ciudad, hay cuatro conejos mirándome.

Esta villa es inabarcable y detrás de cada edificio hay un rincón que no debería estar ahí. Hace un rato, venía desde la Catedral de Notre Dame y, en dirección Saint-Germain-des-Prés, he visto una pequeña abertura en la calle con una puerta enrejada. Mi olfato me llevó hasta allí y, de repente, surgió un callejón en penumbra lleno de cafés, restaurantes y salones de té. Algunos majestuosos, modernos e imponentes y otros que parecen una reproducción a escala de una caja de muñecas, de una película o, algo mejor, de un sueño. Macetitas en la puerta y el menú escrito en el cristal de los escaparates, tapando parcialmente su interior: tres mesas apretujadas en una luz tenue, donde huele a jazz y galletas. Cuando paso por cualquier cafetería, ya sea observando su interior o simplemente a las terrazas, siempre pienso que todos los clientes son actores y que todo es parte de una representación perfecta. Después, la carta de precios me despierta de mi ensoñación y muchas veces me rasco los ojos, pues solamente en un sueño un café puede costar 5 euros.

Así, me he ido dejando caer por Saint-Germain-des-Prés, asomándome a las puertas de las librerías de lujo que rodean el Théâtre de l’Odéon; algunas con solo tres libros en una estantería de metacrilato y otras con ediciones centenarias de Julio Verne o Victor Hugo, entre tantos. Me ha dado incluso vergüenza entrar, pues soy más de manosear los libros y de rebuscar en los estantes para encontrar en ellos el próximo libro de mi vida. A pesar de ello, me ha gustado esta especie de calle Serrano de la literatura, que tampoco debería estar allí. Pues, ¿quién gasta su dinero en libros hoy en día? ¡Veo que todavía hay esperanza!

Y mis pasos me han traído hasta aquí, hasta el Jardín de Luxemburgo. Son las seis de la tarde y las nubes se están disipando. Algunos rayos de Sol se escapan entre las copas de los árboles, iluminando parcialmente sus jardines ya en otoño. La hierba, verde y suave como una almohada, está llena de hojas marchitas. La naturaleza muda su piel y yo me mudo de ciudad. Aunque es inabarcable, empezaré disfrutando de lo obvio. La variedad de colores que hay en este jardín parece una ilusión, hay flores rojas y moradas en cada barandilla y las porciones de césped tienen como corazón enormes centros florales; el cambio de estación y los palacios hacen el resto.

En el banco de al lado, un señor lee ávidamente su periódico. Va vestido de forma elegante, con una americana marrón y unos náuticos blancos, pero es su enorme bigote blanco el que tiene brillo propio. Parece llevar horas ahí sentado, respirando el verde de este jardín que no debería estar aquí, en medio de esta enormidad de tráfico, prisas y líneas de metro. Otro conejo más que retratar en esta libreta de pensamientos que ya no guarda números de teléfono y direcciones de pisos que alquilar sino que ya empieza a ser muy francesa, donde aparentemente no pasa nada y donde ocurre todo.

Pablo Melgar

Jardin du Luxembourg – The Ghost of a Sabertooth Tiger

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